Del consumo estético y no político del que habla Barthes son también claro ejemplo las muestras de los retratistas del fin y el principio del siglo mexicano. ¿Qué nos dicen ahora las fotos de Romualdo García, de Brehme o de los diversos artistas cuyas obras se van recuperando? Nada que no supiera, y mucho que jamás se conocía de manera tan precisa. Cada foto ilustra, de modo irremplazable, las demandas de dignidad, cohesión familiar, respetabilidad, modestia que permanece en el sitio impuesto por otros, devoción por el contexto, certeza de los vínculos orgánicos con el paisaje. Las "máscaras" (los rostros que adoptan los gestos socialmente respetables) revelan el sitio de sus poseedores en la pirámide social, su confianza exaltada en la selección-de-los-mejores, su incomprensión de la realidad que los tritura. Pero las "máscaras", también, ratifican la relación viva de la fotografía con la historia, en donde ni la primera "ilustra" a la segunda, ni ésta ahoga una autonomía creativa y un aporte primordial a la historia de las mentalidades.

la historia se hace cualquier hora...

La documentación y la denuncia

A partir de los años treinta -véase el Archivo de Enrique Díaz, los Hermanos Mayo, de Nacho López, de Héctor García, de Bordesmangel- el cambio de óptica social vivifica a las clases populares. Al ser captados en la calle, los arquetipos de la gleba lanzan señales obscenas, se distribuyen caprichosamente, aceptan que su aspecto es parte de sus demandas, y les importa muy poco que se les observe y registre. Y los fotógrafos de prensa -lo digan o no- prodigan imágenes que se incorporan al río del olvido, aunque algunos deseen convertir algunos testimonios gráficos en acusaciones contra un sistema bárbaro o en exaltaciones del impulso popular. Ninguno de ellos es, propiamente, fotógrafo de protesta. En los años cuarentas o cincuentas, los Hermanos Mayo o Bordesmangel o Nacho López o Héctor García, hacen de su punto de vista un testimonio dirigido, no una "denuncia". Y a su trabajo periodístico no se le considera las más de las veces información sino "decoración visual".

La pregunta sería: ¿Ante quién se denuncia, si los lectores son durante largo tiempo una especie controlada? Revísese al Archivo Mayo de los años cincuentas. Allí está por ejemplo, un henriquista victimado en la salvaje represión del 7 de julio de 1952 en la Alameda Central. La fotografía, fijación de la historia. En contraste, recuérdese la extraordinaria foto de Manuel Alvarez Bravo, del obrero asesinado en Oaxaca a fines de los veintes. Allí la muerte es intemporal y la distribución del cuerpo y la sangre son parte de un trámite de estetización que nulifica las resistencias visuales. En cambio, la foto del henriquista sólo corresponde a esa fecha, a esa matanza. En cuanto imagen, es ciertamente intercambiable (muchos cuerpos han sido transportados por individuos indiferentes y presurosos, que anuncian el fin inevitable y brutal) y por eso solicita un acompañamiento de datos: el henriquismo fue un gran movimiento popular -pese a su líder, el oligarca Miguel Henríquez Guzmán- que creyó ganar las elecciones y, al celebrar la Federación de Partidos del Pueblo (henriquista) su "Día de la Victoria", sufrió un ataque bárbaro en la Alameda Central: cargas de caballería montada, agentes secretos disparando a quemarropa, golpeados y desaparecidos, el cúmulo que señala, una vez más, a los dueños de la represión como los ordenadores de la historia inmediata. ¿Quién publicó el 8 de julio de 1952 esas fotos y cómo se leyeron? Eso les pasa a los alborotadores, quién les manda meterse con el gobierno, ya ven, el Estado burgués es represivo. Y no hay entonces quién contemple a los seres comunes, a los campesinos crédulos que apoyaron con sus vidas a Henríquez Guzmán. El recuerdo de la matanza se disipa convenientemente, las fotografías quedan aisladas, nadie sostiene la denuncia, no hay defensa legal ni protestas masivas. Sin contexto, las fotos terminaron en el capítulo de las anotaciones pintorescas.

¿Cuántas explicaciones hacen falta?

 

El militante asesinado en la manifestación del primero de mayo de 1952.

¿Quién recuerda hoy a ese mártir? ¿Quién aplicaría la palabra "mártires" para los activistas del Partido Comunista que quisieron introducirse al desfile obrero y fueron atacados por pistoleros? A la foto de la madre aferrada al cadáver de su hijo no la acompañan nombres o explicaciones. Quizás no hagan falta. Cualquier historia de este siglo mexicano prodigará fotos similares, de obreros y campesinos y estudiantes sorprendidos, de la cauda de seres abatidos en ejercicio de su disidencia o porque allí estaban al ocurrir el escarmiento. Sin organismos políticos que las reivindiquen como parte de su tradición y sus demandas, esas fotos devienen "dramas de la vida cotidiana", las tragedias de las que nadie se exime, algo marginal inscrito en el gran texto del Valle de Lágrimas. Dicho sea de paso, no veo en la historia al recordatorio infinito y minucioso, más bien creo que el famoso "olvido" de la despolitización es amnesia inducida, el resultado de una memoria amarga, consignada por ejemplo en las fotos de Enrique Bordes mangel de las represiones de los años cincuentas y sesentas, las anteriores al 68 que se abatieron sobre los sindicatos de maestros, de ferrocarrileros, de electricistas. Bordesmangel muestra las calles desoladas, el humo de los gases lacrimógenos, la resistencia más allá de la cámara, los rostros que exhiben como toda identidad las huellas de la golpiza. Y estas imágenes nos sitúan ante la obviedad: la despolitización ocurre al cargarse el peso del Estado, la Sociedad y la Iglesia en la condena de la actividad política. Estas fotos "ocultas" de la memoria histórica lo reiteran: no son muy hábiles los agentes persuasivos del conformismo y el consumismo. Si los manipuladores tienen éxito es por que los manipulados carecen de alternativas. La represión es el ofrecimiento implícito a los no seducidos por el show del autoritarismo.