El énfasis de la mirada
En el mar de los ojos hay plantíos de peces luminosos...

Carlos Pellicer

La foto de prensa, se quiera o no, depende de modo profundo de la mirada social, de las preocupaciones, obsesiones, júbilos y contentamientos de cada época. De los cuarenta a los sesentas, los lectores exigían (o eso interpretaban los editores) las constancias de una sociedad entusiasmada ante su propio despegue, y esto no lo interrumpe la aparición de la duda (los movimientos de insurgencia sindical), y sólo el movimiento del 68 diversifica un poco la euforia del crecimiento, de la americanización de hábitos mentales y de consumo, de sujeción al poder. Son años de trueque: lo pintoresco deviene lo entrañable; lo primordial es ya pintoresco.

Luego, la mirada social se va modificando y, como lo ratifica la Bienal de Fotoperiodismo, lo antes "invisible", por razones de "buen gusto" o de censura o de indiferncia, se adueña del Horizonte visual. Examínese algo del repertorio: al hospital en donde se encuentra ya muerto José Francisco Ruiz Massieu, acuden Raúl Salinas Lozano y Adriana y Raúl Salinas de Gortari, y junto a ellos Manuel Muñoz Rocha, el operador del crimen; en el auditorio del PRI, junto al féretro de Colosio, levantan el puño Ernesto Zedillo y Fernando Ortiz Arana; los agentes transladan el cuerpo de Colosio; un miembro de algunas de las incontables caravanas que se hospedan en el Zócalo se baña como puede; un joven es lanzado por los aires en las celebraciones futboleras del Angel de la Independencia; en un concierto de rock los chavos se precipitan a la alberca de cuerpos en la ferocidad erótica y rítmica del slam; la pobreza se extiende a modo de gran contaminación; en el balcón presidencial Manuel Camacho parece recostarse, discípulo amado, en el hombro del Presidente Salinas; los cadáveres se exponen a la luz pública; la miseria se empareja en La Habana o en la Sierra Tarahumara; los toreros se ufanan de la crueldad estúpìda de "la fiesta brava"; los presos dan fe de las atroces condiciones del encierro; un manifestante colérico se dispone a golpear, con ardor fetichista, la estatua de un fraile de la Conquista; Ernesto Zedillo sonríe esforzadamente; unos niños pobres se acercan al Secretario de Hacienda Pedro Aspe, tal vez para reafirmar su credo: la pobreza y el desempleo son mitos geniales...

México, o cualquiera de los países captados por los fotógrafos de prensa y testimonio, son ya realidades complejas donde lo pintoresco, por tanto tiempo inevitable, pierde razón de ser ante los dramas y ante las farsas voluntarias e involuntarias del poder. Estas fotos de la realidad sin disfraces son muchísimo más vívidas que las interminables de Columnas de la Sociedad en el uso de la voz paternalista. Y lo novedoso de la Bienal depende las aportaciones de la demografía, las interminables devastaciones económicas, los vuelcos de la moral, los derrumbes de la hipocresía... y la metamorfosis del punto de vista. Aquí está por demás el "respeto", ese trámite protocolario de la mirada, y los fotógrafos ya pertenecen a la actitud que mezcla la crítica, la posición estética, el deseo de sorprender, el ánimo de expresar la sorpresa. En la turbamulta, en ese acongojado vagón del Metro que es también nuestra percepción visual, las imágenes certifican lo obvio: hoy, las jerarquías de la mirada se desprenden de las propias imágenes, si éstas valen la pena.

 

Carlos Monsivais
México