Para poder viajar en la llamada limosina naranja se necesitan sólo dos pesos, pero eso si, algo de maña y mucha fuerza física para logar obtener un lugar en alguno de sus vagones. Sin duda, el Metro puede transformar a una dulce dama en una feroz pasajera.
Ciudad de México.- Salón de belleza, biblióteca, punto de reunión, foro de expresión, restaurante, oficina, y hasta de ring son sólo algunos de los usos que las mujeres de la ciudad de México le dan a la llamada limosina naranja.
Para poder viajar en él se necesitan sólo dos pesos, pero eso si, algo de maña y mucha fuerza física para logar obtener un lugar en alguno de sus vagones. Sin duda, el metro puede transformar a una dulce dama en una feroz pasajera.
Aunque las autoridades del Metro, durante los llamados "horarios pico" que son cuando más gente hay, han destinado los primeros vagones de los trenes para la "seguridad y comodidad de las mujer", hay quienes aseguran que son los más peligrosos.
Pues quién no ha presenciado, o sufrido, los típicos aventones, pisotones, codazos, bolsazos y caídas al intentar entrar en este transporte público, que según datos del Gobierno del Distrito Federal traslada diariamente a más de 4.2 millones de personas.
Tras la odisea para poder ingresar, que bien podría compararse con un juego de americano, uno creería que ya la libró, pero lo mejor está por venir; la pelea por los asientos arranca, apenas alguna de las afortunadas que vienen sentadas hace el mínimo movimiento que indica que se levantará de su asiento, por lo menos tres o cuatro ya le están echando el ojo, y hacen todo lo posible por ganarlo.
Y es aquí cuando empiezan los "aventoncitos", seguidos de miradas retadoras y una que otra indirecta; si la situación se pone más intensa, entonces viene los insultos: "estarás muy ancha", "pues si no te parece vete en taxi", "pues tu trasero de elefante que no me deja pasar", y una que otra mentada de madre.
Cuando todo, aparentemente vuelve a la calma, un ruido ensordcedor empieza a estresar más a las pasajeras... "Quiero un mundo de caramelo, donde todo sepa mejor. Y esa niña que llevo dentro se me escape del corazón... Señores pasajeros lleve el bonito regalo para la niña, el niño, diez pesos le vale, diez pesos le cuesta; le contiene 25 temas en formato normal o bien 120 temas en formato MP3 con los éxitos infantiles del momento, va calado, va garantizado".
Por fin llegan a otra de las 175 estaciones y el vendedor se cambiará de vagón; se abren las puertas y segundos antes de cerrarse, alguien grita: ¡mi chamarra! pero para cuando acaba de emitir la oración ya es demasiado tarde para detener a la ladrona, pues las puertas ya se cerraron y la bribona ya emprendió la huida.
Pero no crean que todo es malo, aparte de que es el metro más barato del mundo, también se viven momentos de solidaridad dentro de este transporte naranja.
Están a punto de llegar a una estación no tan concurrida, esas que vienen después de aquellas donde se realizan transbordes, y por lo cual casi nadie baja. Una señora bajita, morenita y algo rechonchita, grita con desesperación "bajo a la siguiente", entonces un par de voces más se escuchan: "empújenla, empújenla..." y dejando a un lado su egoísmo, todas comienzan a moverse para brindarle un poco de espacio y la empujan para que pueda llegar hasta la puerta y salir... Al final la señora se despidió con un sincero "gracias".
O que tal cuando un pequeño, atosigado por el calor, los olores y los empujones, comienza a sangrar de la nariz, y rápidamente, por lo menos, tres manos se extienden ofreciendo servilletas o un pedazo de papel higiénico para que la mamá del chiquillo lo limpie.
Lo cierto, es que el Metro desde que comenzó a funcionar, el 4 de septiembre de 1967, se ha convertido en un icono del DF y es indispensable para muchos de nosotros.
No obstante, también es verdad que las autoridades podrían hacer mucho por mejorarlo, como arreglar los ventiladores; darle mantenimiento a los trenes y a las vías para evitar que se pare a cada rato, o checar que no haya goteras para que no se inunde.
Y aunque ya parece un Big Brother con sus miles de cámaras, no dejará de ser, desde las cinco de la mañana y hasta las doce de la noche, un estresante refugio de miles de usuarios y un albergador de millones de historias.