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POR
UN FOTOPERIODISMO ETICO
Por A. Becquer Casaballe
La ética constituye el aspecto sustancial de la filosofía
que trata sobre la moral y las obligaciones comunes a todos los hombres,
distinguiéndose de la ley porque ésta, en cambio, es un
ordenamiento realizado por el Estado al que, teóricamente, todos
deberían someterse.
Se supone que los psicoanalistas no deben difundir lo que les relatan
sus pacientes ni los curas lo que escuchan en el confesionario. Los médicos
tienen el compromiso de agotar todos los medios para preservar la vida
de las personas, el periodista tiene que informar sobre hechos que son
noticia y el fotógrafo debería registrarlos. Esto no es
ninguna novedad, así que el fotoperiodismo, como cualquier otra
actividad humana, debería estar sujeto a la ética.
En la Argentina, lamentablemente, pareciera que lo único que interesa
es que el fotógrafo sea capaz de hacer "buenas" imágenes,
sin importar los medios. Esto se ha convertido en la tradición
dominante de la "anti-ética", donde la verdad y el respeto
por los lectores queda en un segundo plano.
La tan mentada "objetividad periodística" como verdad
absoluta no existe. Es natural que así sea desde el momento que
las noticias son el producto de juicios donde, obviamente, la existe la
intervención humana. De la misma manera, sabemos que la fotografía
tampoco es objetiva.
Sucede que el fotoperiodista -a diferencia del redactor que produce un
relato verbal-, selecciona el punto de vista y el encuadre, decidiendo
el instante oportuno. La manera como destaca uno o más aspectos
significativos del hecho es lo que hace a la fotografía de información,
pero el sentido final lo da el propio medio a través de la edición,
la puesta en página, el epígrafe, el texto y los títulos.
Aunque se debería pensar en dos cuestiones básicas que son
la verdad y los lectores, hay que ser realistas: el reportero es apenas
una parte de la extensa y compleja cadena de producción.
Generalmente, se tiende a sobrestimar la importancia del fotoperiodista
en la toma de decisiones. La mística que gira en torno a la profesión
oculta la realidad: son pocos los que pueden elegir y editar los temas
que les interesan.
Después de todo, el periodismo es una expresión de la sociedad
y, como ésta, asume conductas que le dan su propia identidad. Establecer
un debate sobre cuestiones éticas, de la misma manera que empieza
a darse en el terreno de la política referido a la corrupción,
es nuestra responsabilidad. No deberíamos subestimar la fuerza
de los lectores sobre la prensa. Pero, para ello, se requiere de ciudadanos
con educación y dispuestos a defender sus derechos.
Cuando se manipula maliciosamente una noticia a través de fotografías
que son una "mise en scène", se está violando
al derecho de las personas a la información veraz. Y esto es muy
grave.
La historia y el presente, con sus ejemplos
Durante la Comuna de París, en 1871, un fotógrafo francés,
Liébert, realizó una serie de fotomontajes propagandísticos
en uno de los cuales aparecían los revolucionarios fusilando sacerdotes.
El gobierno necesitaba desacreditar a los comuneros.
En 1917 cayeron en manos del jefe del Departamento Británico de
Inteligencia, brigadier J.V. Charteris, dos fotografías alemanas.
Una de ellas mostraba cadáveres de soldados siendo transportados
por sus camaradas para ser sepultados y, la otra, de caballos muertos
con un epígrafe que decía que serían utilizados para
fabricar jabón. El brigadier decidió colocar un epígrafe
en la imagen de los soldados muertos: "Cadáveres alemanes
en camino a la fábrica de jabón" y la envió
a Shanghai. Fue utilizada para crear resentimiento hacia los alemanes
por parte de los chinos, con el argumento que los ejércitos del
Kaiser no respetaban a sus propios muertos. La inteligencia británica
ayudó, con ese ardid, que China declarara la guerra al Imperio
Austro–Húngaro.
En 1964, la revista "Life" publicó en la tapa una fotografía
de Oswald, el asesino del presidente Kennedy. Aparecía con un fusil
y una revista de extrema derecha como prueba de sus actividades políticas.
Investigaciones demostraron que se trataba de un fotomontaje realizado
con el objeto de obtener "una buena historia" sobre el pasado
de Oswald.
Debemos, de todas maneras, reconocer a Joseph Goebbels, ministro de Propaganda
del III Reich, como uno de los maestros del engaño en el siglo
XX. Buena parte del triunfo de las ideas nacionalsocialistas se deben
a la acción psicológica que instrumentó desde el
ministerio a su cargo, utilizando métodos de persuasión
que dejaron el camino libre, junto a los procedimientos de la Gestapo,
para el accionar del aparato del nazismo.
Durante el conflicto en las Islas Malvinas, en 1982, la Junta Militar
evitó tener que ejercer el control sobre las fotografías
de prensa gracias al simple recurso de no permitir la presencia de reporteros
de medios independientes en el escenario de los hechos, dejando exclusivamente
la producción de las imágenes en manos del los canales oficiales
de televisión y de la agencia Telám, también oficial.
Simplemente se prohibió el acceso a la fuente de información.
En septiembre de 1988, un video-tape realizado por uno de los canales
de la televisión oficial mostró escenas de violencia de
un acto antigubernamental organizado por la CGT. En el final, la imagen
quedaba congelada de tal forma que se veían los destrozos en la
calle y un gran cartel del candidato justicialista a la presidencia, Carlos
Saúl Menen. Esa manipulación llevó a los legisladores
de la oposición a cuestionar con severidad el recurso propagandístico
del gobierno.
A mediados de 1995, la revista "Viva" de Clarín "inventó"
un personaje dedicándole la tapa y una extensa nota: "El Hombre
de las Nieves". El texto, y las fotografías, describían
un ser de novela aparentemente defensor de la ecología (a pesar
que intentó cruzar un lobo con un perro) y que, también
supuestamente, vive en las montañas próximas a Ushuaia.
En realidad, se trata de un guía de turismo de aventura que tiene
su cómoda casa calefaccionada en la ciudad y un "refugio" para llevar a los turistas.
Tanto con finalidades políticas -caso del III Reich-, para obtener
una "buena historia" como hizo "Life" con Oswald o,
simplemente, como una de las tantas frivolidades de "Viva",
la mentira y la manipulación en el fotoperiodismo es más
frecuente de lo que se presupone.
Algunas normas
1. No simular hechos inexistentes. Esto que parece una verdad de perogrullo,
sucede con demasiada frecuencia. La revisa "Gente" habría
contratado un modelo que, simulando estar bajo los efectos de drogas,
aparecía recostado sobre una pared en la que se habían pintado
símbolos y leyendas de partidos y agrupaciones de izquierda. Se
presume que pretendieron asociar inconscientemente determinadas tendencias
políticas con la drogadicción. Pero el caso más relevante
de los últimos tiempos fue la protagonizado por la editorial Perfil,
que pretendió producir una ilustración sobre la posibilidad
de un atentado terrorista frente a la sede de una institución judía.
2. No influir ni tomar parte activa, bajo ninguna circunstancia, en los
hechos. Esto implica no sugerir actitudes, ni interactuar o estimular
conductas en los protagonistas de la noticia. En 1983 la Dra. Elba Roulet,
al asumir la vicegobernación de la Provincia de Buenos Aires, tuvo
un gesto significativo al omitir estrechar la mano del militar que hacía
el traspaso del poder. Los fotógrafos, con insistencia, le pidieron
que lo saludara porque, en ese curioso esquema mental que dice que las
cosas tienen que suceder de determinada manera, por tradición "debían"
saludarse. La vicegobernadora accedió, expresando su disgusto:
"¡las cosas que hay que hacer por los fotógrafos!".
3. No alterar, modificar o incluir elementos ajenos a la situación,
que resulten significativos en la lectura de la imagen. Cuando en 1989
el avión del por entonces candidato a la presidencia Carlos Menem,
se estrelló a poco de despegar y, por esos azares del destino,
éste se no lo había abordado, la agencia DyN distribuyó
una fotografía (obtenida con un objetivo de 24 mm) que mostraba
los restos de la aeronave y, en el primer plano, un afiche arrugado del
candidato con la leyenda "Síganme".
4. No recrear situaciones reales. En determinadas oportunidades, el reportero
no llega a tiempo para documentar un acontecimiento o el resultado obtenido
es técnicamente inutilizable. En 1972, durante las Olimpíadas,
un comando de la organización fundamentalista islámica "Septiembre
Negro" tomó por asalto, en Munich, el edificio donde estaba
alojada la delegación de Israel. Las radiofotos transmitidas por
las agencias de noticias no satisfacían los requerimientos de calidad
de algunas publicaciones. La desaparecida revista "7 Días",
tomó como boceto una radiofoto y reconstruyó la escena en
un edificio de la Avda. Leandro N. Alem, con actores armados y vestidos
con pasamontañas. La imagen se publicó en la tapa como si
fuera auténtica.
5. Respetar la privacidad de las personas. Se dice con frecuencia que
los personajes públicos no tienen vida privada, lo cual es una
verdad a medias. Debería decirse que es en los lugares públicos
donde no existe privacidad. En 1981, la revista "Gente" publicó
en la tapa la fotografía de Ricardo Balbín en la sala de
terapia intensiva de una clínica de La Plata. La imagen habría
sido obtenida por una enfermera con una cámara automática,
a quien habrían inducido -y pagado- para hacerlo. El caso fue llevado
a la justicia y los editores debieron desembolsar una fuerte suma por
resarcimiento moral.
6. Ser prudentes en situaciones que involucran a menores de edad. Las
leyes de varios países avanzados prohíben publicar el nombre
y fotografías de menores involucrados en hechos policiales o judiciales.
En el caso Wildner-Osswald, por la tenencia de la pequeña hija
del matrimonio, la madre la exhibió para que los diarios, revistas
y la televisión pudieran montar un gran "show" sin ningún
tipo de miramiento. Cuando la niña fue restituida a Canadá,
la señora Osswald fue advertida por su abogado que no debía
hacer declaraciones a la prensa. La organización "Abuelas
de Plaza de Mayo" ha sido muy cuidadosa en no exponer al periodismo
a los menores restituidos a sus padres biológicos.
7. Evitar las imágenes morbosas. La publicación de fotografías
de personas muertas, mutiladas o escenas escabrosas se justifica en algunas
y determinadas situaciones. Luis Priamo, en un ensayo sobre este tema,
recuerda que el "Washington Post" decidió no publicar
la fotografía de la cabeza de la actriz Jayne Mansfield atravesada
por un vidrio y el cuerpo yaciendo a varios metros. El reportero gráfico
Ricardo Ceppi, en una oportunidad, debió documentar la autopsia
de un joven que se suponía había sido asesinado por policías;
las fotos eran muy cruentas pero eligió una donde apenas se veían
los forenses, omitiendo cualquier atisbo de sensacionalismo. En cambio,
el periodismo vernáculo y la televisión mostraron, sin razones
valederas, las imágenes de los cadáveres de Silvio Oltra
y de Carlos Menem (hijo), fallecidos en un accidente de helicóptero.
Distinto es el caso de víctimas del hambre, de hechos de guerra,
atentados terroristas o catástrofes, cuando la connotación
social y política tiene una determinada dimensión y las
fotografías pueden servir para generar sentimienos de solidaridad
o de condena, según el caso.
8. No abusar del oportunismo. Determinadas actitudes y gestos de políticos,
funcionarios y otros personajes, que duran apenas fracciones de segundo,
pueden dar como resultado fotografías oportunistas que desvalorizan
a la persona por obra de la casualidad. Este tipo de fotografía
puede ser al final de cuentas humorística y constituirse en una
manera de editorializar. Es muy sutil la línea que separa el "legítimo
oportunismo" del panfleto. En 1982, Horacio Tato, director de la
agencia DyN, quien nunca trataba de imponer sus puntos de vista, rechazó
una toma de Alvaro Alsogaray porque la consideró peyorativa: el
capitán-ingeniero había sido tomado con un objetivo de 20
mm, desde un ángulo elevado, resultando una imagen extremadamente
artificial.
A. Becquer Casaballe © 2002.
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