| ARTE Y LOCURA. IMAGENES DE LA
VERDAD
Ramon Angel Acevedo A. (Chile)
rakar26@hotmail.com
Durante mi juventud, un primo cercano, que oficiaba para
mis adentros como un hermano mayor, me advertía constantemente
sobre un 'juego" que debía aprender a jugar: "no puedes
decirle a la gente lo que realmente sientes y piensas, sino lo que ellos
quieren oír", argumentaba con fervor. Con el tiempo, él
se había convertido en un avezado conocedor de las leyes que rigen
el funcionamiento eficaz y productivo de los hombres en la norma social.
En tanto yo, que no había pasado de los primeros rudimentos, ajeno
en ese mundo, acabaría encontrando mi refugio en el reino solitario
de la ensoñación. Si he comenzado estas notas refiriendo
este recuerdo que puede parecer baladí, es porque ilustra de manera
cabal la posición del artista (y también del loco) en el
mundo moderno.
En efecto, en nuestras sociedades pragmáticas, racionales y eficaces,
todo pareciera estar estructurado para obligarnos, tácita o explícitamente,
a seguir el juego del equilibrio y de los consensos. La comunidad nos
califica de "cuerdos" o "sensatos" cuando participamos
de ese juego, y de "locos" cuando, de plano y por entero, nos
negamos a jugarlo. El hombre llamará "equilibrio", entonces,
a ese malabarismo secreto y gregario que se ve obligado a realizar diariamente
para no caerse al pozo negro de la locura.
Todos aquellos que se aventuran a descender al depósito profundo
de los grandes sueños (ese que Jung llamó el "inconsciente
colectivo ") se ven expuestos a ser objeto de exclusión bajo
la etiqueta de "locura", a menos, claro está, que sean
considerados artistas o chamanes. Es más, cualquiera que se digne
a cultivar sus propios desacuerdos con los demás, o manifieste
un comportamiento suficientemente individual o antisocial, podrá
ser estigmatizado con ese mismo sambenito. Y es que la locura, en rigor,
es un concepto que fija los límites respecto a lo que al hombre
le está permitido. Mientras que durante la Edad Media el "loco"
fue considerado un personaje sagrado, ya en el Siglo de las Luces, bajo
el prisma de la razón triunfante, la locura representará
el pecado de lo distinto y de la inutilidad social; será expuesta,
por tanto, a la sanción.
En su definición moderna, el "loco" designa al hombre
que -anonadado por los símbolos de lo inconsciente- ha rehusado
vivir en el mecanismo de la norma y en el principio de la realidad. El
artista, en tanto, huirá igualmente de la realidad del mundo circundante
para encontrar asilo en su inconsciente y su imaginación. El gran
poeta alemán Hölderlin, por ejemplo, en una de sus cartas
expresaba: "temo demasiado la trivialidad y la rutina de la vida
real". Lo que hay de común, pues, entre el arte y la locura,
es el desgarramiento del hombre experimentado ante lo implacable de la
realidad. Por supuesto, la sociedad no aplica el mismo tratamiento para
uno que para la otra. Mientras el "loco" carece absolutamente
de aceptación social (dado que no sólo hiede y viste mal,
sino que emite mensajes y palabras ininteligibles para el sentido común),
el artista, en el mejor de los casos, será congratulado, puesto
que del manantial de los grandes sueños regresa con mensajes orlados
con el brillo de la estética resplandeciente, y de los valores
predominantes que son convalidados por la mayoría.
Mas, pobre del artista visionario que se atreva a llegar al fondo de sus
sueños y luego emita verdades disonantes o incómodas para
la colectividad. Hoy nos burlamos de buena gana de los contemporáneos
de Van Gogh que no supieron apreciar su pintura. Pero lo cierto es que
todos aquellos artistas que llamamos "malditos", padecieron
en vida el estigma y las variadas formas punitivas de la sanción
social: condenación a la pobreza, incomprensión, desamor,
locura, suicidio o muerte en desolación. Al paso de los años,
cuando el réprobo ha abandonado este mundo, esa misma sociedad
condenatoria restituirá, con los oropeles de la gloria, los sufrimientos
y penurias del condenado creador; será, entonces, el momento en
que se transen cuadros en millones de dólares, se inauguren retrospectivas,
se editen obras completas, y hasta en las universidades se estudie concienzudamente
la vida y la obra del malogrado autor.
Lo cierto es, también, que el recogimiento y la contemplación
profunda que el verdadero arte nos reclama, sólo es posible cuando
el artista se confina en los márgenes de la realidad. Y ésto,
por cierto, el auténtico creador lo sabe; allí donde crece
el peligro y en el desamparo pareciera estar, pues, su única salvación.
Quizás por eso Marcel Proust dijo alguna vez: "cuando no soy
loco me convierto en un imbécil". En este sentido, el arte
deviene una ocupación implacable que no permite distinguir ya entre
la obra y la vida personal del autor.
Se dice que en presencia de la locura, de una u otras forma, todos nos
volvemos locos. Sin embargo, habiendo transitado durante más de
90 días, con mi cámara fotográfica en ristre, por
las galerías y subterráneos de los 4 Hospitales psiquiátricos
del país, y en medio de alaridos y de hedores que a cualquiera
podrían ahuyentar, pude constatar que aquellas personas que la
sociedad llama "locos" (y que son tratadas como tal) son, en
rigor, personas que ven demasiado y de una gran sensibilidad. Ellos nos
hacen enfrentamos a verdades que quisiéramos por todos los medios
eludir; por consiguiente, son encerrados para que no perturben nuestro
sosiego y nuestro orden habitual. Además, ellos llevan a la práctica
valores que en nuestras sociedades son cada vez más difíciles
de hallar (la gratitud, la solidaridad, la pureza del alma, la probidad).
Por ejemplo, jamás podré olvidar la intensa mirada de gratitud
de un interno al que yo había auxiliado en sus vanos intentos de
ponerse un simple calcetín. Recuerdo, también, que en varias
ocasiones, absorto y compenetrado en el registro visual, me alejaba demasiado
de un punto dejando olvidado mi maletín con varios implementos
fotográficos en su interior. Cuando regresaba a buscarlo, todo
se encontraba en su lugar. Muchas veces también sucedía
que alguno de los pacientes se adelantaba trayendo mis bártulos
que habían quedado rezagados. Se comprenderá que si tal
distracción me hubiese ocurrido en alguna plaza pública
de cualquier ciudad de Chile, a buen seguro mi equipo de trabajo hubiese
desaparecido en un santiamén.
Muchas veces me han preguntado por qué registrar el mundo clausurado
y marginal de la locura (entre otras temáticas de marginalidad
que también he fotografiado con pasión). Debo confesar que
todos estos cientos de retratos que he realizado son también, de
una u otra forma, mi propio autorretrato; ellos reflejan, parcialmente
(como fogonazos de mi alma), mi propio extrañamiento de este mundo,
mi temperamento melancólico y también mi subjetividad. Tal
vez como Werner Herzog, pretendo con mis imágenes configurar el
mundo de otra manera, contrarrestar el universo chato y ramplón
del utilitarismo de la modernidad (con sus imágenes gastadas, su
urgencia de máquinas, su consumismo exacerbado, su sexualidad desacralizada,
y su atroz banalidad). Ya antes Goya, a comienzos del siglo 19, en sus
Caprichos y las Pinturas Negras, supo auscultar como nadie los agujeros
negros del Siglo de las Luces del que es tributario nuestro mundo actual.
En sus imágenes le concedió un espacio a la locura, porque
ella no sólo está en los manicomios, sino que está
presente en todas partes, y también en la conciencia inconfesada
de cada quien y cada cual. Hacia la noche misteriosa se volvieron también
los poetas románticos como Nerval (para quien la locura era "el
derramamiento del sueño en la vida real "). Asimismo, ya en
pleno siglo 20, el arte expresionista -tanto en la pintura como en el
cine-, supo dar cuenta de las regiones ocultas del espíritu humano
que la razón hegemónica se empecinaba en negar.
Cuando recién comenzaba la producción de la 2ª parte de
este Documental, el Director de un Hospital psiquiátrico impugnaba
la temática que yo había elegido. ¿Por qué
fotografiar pacientes mentales y no pacientes dializados o diabéticos,
por ejemplo?, argumentaba queriendo disuadirme de mi propósito
y, a la vez, protegiendo maliciosamente el ámbito consagrado de
su especialidad. Lo cierto es que ninguna alteración de la normalidad
humana es tan compleja, impenetrable y desoladora como lo es la enajenación.
En ella el hombre se comunica con las zonas más recónditas
del ser (no por nada, antaño, el "loco" fue considerado
un iluminado con poderes divinos). La cuestión de fondo pareciera
estar determinada por lo que la sociedad establecida considera "normal"
o "anormal". Por ejemplo, muchos profetas del antiguo cristianismo,
que en su tiempo fueron reverenciados, en nuestras sociedades modernas
serían despachados, sin más, como víctimas de patologías
mentales. Igualmente como "insanos" o "desequilibrados"
fueron recluidos en hospitales psiquiátricos muchos de los opositores
políticos al régimen estalinista.
La locura, efectivamente, no es cualquier “enfermedad” (ella
involucra a una multiplicidad de instancias, saberes y poderes que entran
en acción). Es más, sería lícito preguntarse,
sobre todo después de la aventura espiritual de Artaud, si efectivamente
lo es. Quizás no sea más que el final ineludible cuando
la exploración de la individualidad es llevada hasta los extremos
En cualquier caso, la locura (como el suicidio de algún ser cercano)
no nos permite la apatía; ella nos inmuta y nos interpela y, al
decir de ese gran estudioso de su historia que fue Michel Foucault, obliga
al mundo a interrogarse sobre su propia culpabilidad.
Nada más lejos de mi intención sería que los retratos
que acompañan este texto, sean consumidos (y consumados) en el
vacuo circuito del arte como sensacionalismo y espectacularidad. Ellos
son las imágenes de una verdad trascendente y estremecedora, y
por tanto demandan una percepción más bien íntima,
no desde la estética sino de la moral (en rigor, la Fotografía,
en su realismo absoluto, no me importa más que en esta segunda
opción).
En una oportunidad le pregunté a un conocido, que visitaba una
exposición de mis fotografías, su impresión sobre
las imágenes exhibidas en esa ocasión; éste respondió
con desdén -y con una evidente intención de invalidarme-
que nada sabía de fotografía. Él ignoraba por completo
que comprender una imagen artística significa recibir la belleza
del arte a un nivel emocional (y hasta supra-emocional). No precisamos,
en efecto, saber de historia ni de técnica cinematográfica
para conmovemos con las imágenes de un film de Tarkovski, ni tampoco
necesitamos saber leer música para disfrutar los Nocturnos de Chopin
(ello no invalida, desde luego, el conocimiento que alumbra y ennoblece
nuestra sensibilidad). Pero lo bello, como ha dicho ese mismo gran cineasta,
"queda oculto a los ojos de aquellos que no buscan la verdad".
Podríamos decir, de una manera más taxativa y radical, que
el arte (y la poesía) es todo aquello que cierra de plano la puerta
a los obtusos y los imbéciles. No por nada, los políticos,
los burócratas y los anestesiados de toda laya, quedan irremediablemente
fuera del reino de la sensibilidad. Si consumen arte lo hacen desde una
superficialidad aberrante, como si fuese una mercancía o un bien
fungible que da plusvalía social, y que es necesario manipular
y administrar como todos los demás bienes de nuestra vapuleada
humanidad.
La finalidad del arte (aquél que es heredero de la gran filosofía)
consiste, para quien escribe, en conmover al hombre en su profunda interioridad,
y para eso, ciertamente, no necesitamos más que tener los ojos
bien abiertos y el alma despierta que nos abre las esclusas a la íntima
verdad humana, y a las imágenes y símbolos que revelan y
preconizan esa verdad. Más aún, aquél que no es capaz
de ver la verdad en una imagen, jamás podrá acceder a la
verdad por el camino de la reflexión.
Tal vez, algún día estas imágenes serán historia,
y otros ojos lejanos y pensativos (menos contaminados que los de nuestros
contemporáneos) se posen sobre ellas y descubran los signos de
nuestra propia locura y nuestra noche interior, aquélla que el
hombre moderno se empeña tanto en borrar. Quizás estos rostros
y miradas, que nos atisban desde la oscuridad insondable de la mente humana,
nos ayuden a reconocer -desde ya- la profundidad de su misterio y su fulgor.
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