Testimonios de los útimos acontecimientos de la guerra en el estado de Chiapas, México. (Diciembre1997 Febrero 1998).

Imágenes del diario La Jornada.

TEXTOS
Subcomandante Marcos, EZLN
Adolfo Gilli, La Jornada
   
PRESENTACION
José Gil Olmos

 

Cuando alguien llega a los Altos de Chiapas lo primero que observa es un paisaje de montañas que subyuga y hechiza. Es una campiña de pinos y ocotes, de aire fresco, azul y verde en el cielo y la tierra. Pero al dar la vuelta en el intrincado camino, la sensación de paz se transforma, cualquier puede toparse con otra imagen que electriza. Una columna militar sale de la niebla que se ha posado en el pico e las montañas. La figura de los vehículos, las siluetas de las armas. el perfil de los soldados envueltos en chalecos antibalas y cascos de acero es observada por un niño indígena descalzo. La imagen se queda ahí, en una foto de Carlos Cisneros. Pero el viaje continua y las figuras también.El hilo de militares se extiende, se alarga por las comunidades indígenas de Chenalhó. La punta comenzó el primero de enero de 1994 cuando apareció el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y ahora se hace más grande entre el temor de una nueva rebelión por el asesinato de 45 indígenas en Acteal el 22 de diciembre pasado. Los soldados ahora están en X¨oyep y se enfrentan a un grupo de mujeres Tzotzil que defienden el campamento de familias refugiadas que sobrevivieron a la matanza de los paramilitares.
La imagen está allí nuevamente y Pedro Valtierra dispara su cámara. Las armas y los brazos están al centro, en el foco del recuadro, no hay más que decir ante lo que se ve. La guerra de baja intensidad, esa que dicen que no se puede observar claramente, ahora tiene rostros definidos, figuras claras, escenarios amplios. Y también sus propios muertos. Mujeres y niños fueron los que más cayeron ante las balas de los paramilitares en Acteal, y son ellos ahora los que enfrentan a los soldados; o los que huyen, como en Oventic, ante el temor de su llegada, Guillermo Sologuren así lo egista en una de us fotos. La indígena lleva a cuestas sus pocas pertenencias y a uno de sus hijos, el otro va corriendo por la carretera solitaria en busca de un refugio en las montañas ante el anuncio de que vendrían las tropas a ocupar el pueblo. También Francisco Olvera atisba con su lente las figuras de otras mujeres indígenas embozadas con paliacates que esperan en Altamirano la ayuda de la sociedad civil. Las imágenes se sucitan y se unen. En Polhó se han refugiado 8 mil indígenas, la mayoría simpatizantes de los zapatistas, que huyeron de los grupos paramilitares. Frida Hartz fija la lente y capta el rostro doliente de una mujer desdentada que pega a su rostro el de un niño con mirada vaga. Una lágrima recorre la imagen y se petrifica en la mejilla surcada. A varios cientos de kilómetros de ahí, otras mujeres recuperan un par de gallinas que los soldados no se llevaron de San Miguel Yalchiptic, municipio de Altamirano, en donde buscaban las armas de los zapatistas, son ellas nuevamente las víctimas.
Cerca de ahí Guadalupe Méndez López yace en la tierra. Su cuerpo recibió tiros de las metralletas de los policías de Ocosingo que respondieron con balas, las piedras lanzadas por los indígenas Tzeltales y Tojolabales que protestaban por la masacre de Acteal. Jose Carlo González capta los últimos instantes de la vida de la mujer, el rictus de la muerte se queda fijo en la nueva imagen. El hilo de los soldados es una madeja que se anuda en algunas comunidades de la zona de conflicto de Chiapas. En Pholó está uno de estos nudos. Mientras un grupo de soldados revisa los papeles de identificación de los transeúntes a unos metros la tierra se abre. Carlos Cisneros nuevamente oprime el obturador y petrifica la imagen. Pedro Arias Pérez toma en sus brazos a su hijo recién nacido que murió de pulmonía sin recibir la atención médica que lo hubiera salvado. En la fotografía su pequeño cuerpo queda suspendido en el aire, en medio de la tumba y los brazos de su padre. No tuvo nombre porque no fué registrado, así que su muerte, oficialmente nunca existió, sólo quedo plasmada en una imagen rescatada por los fotógrafos de La Jornada como muchas otras surgidas del conflicto chiapaneco.

José Gil Olmos

Marzo 1998