LA FOTOGRAFÍA PERIODÍSTICA Y LA HISTORIA: CONCURRENCIAS Y DIFERENCIAS
En apariencia la fotografía y la historia parten de dos materiales diferentes para su construcción, sobre todo porque utilizan lenguajes diversos, y en muchas ocasiones ambos son discursos complementarios. A través de la letra o de la luz hemos asistido a la visión del otro: el fotógrafo y el historiador tienen en común su necesidad de transmitir algo de lo que quieren ser testigos a distancia, sin ser parte de ella y refiriendo nueva información. El historiador se documenta a través de medios diversos como los archivos, la historia oral, lo gráfico, la hemerografía, los libros de otros. El fotógrafo de prensa, a su vez, evoca situaciones que mediante la lente de su cámara tengan un sentido ante lo que observa y aprehende el mundo que le rodea. Para ello, se documenta e implementa su click cuando sabe que la escena tiene de suyo algo de cierto, algo de irónico, de cómico o algo que mueva y conmueva las conciencias, para que esa imagen tenga un impacto en su espectador. En la manera en que estructure su discurso estará la fuerza del mismo, por ello es importante que maneje con facilidad sus medios mecánicos, electrónicos y adiestre fuertemente su ojo cíclope, para captar las escenas en el instante preciso, ni antes ni después. El historiador y el fotógrafo comparten otras ideas y conceptos, partiendo de sus respectivos dominios, pero compartiendo en la esencia condiciones, situaciones y puntos nodales casi imperceptibles. Para el historiador el tema es esencial, y durante años la historia tradicional se alimentó de evocar las grandes hazañas, los nombres prestigiados, las escenas y los hitos que parecían mover la historia. En ello sustentaban la fuerza de su discurso. La historia la escribían los vencedores, pero los vencidos mantenían su propia versión incrustados en la estructura hegemónica, fuese a partir de la tradición oral o con información subalterna y paralela 1.Ahora gracias a la hora de los contagios –como señala Antonio Saborit—hemos asistido al derrumbe de esta tradición y vemos con asombro como cada día, las investigaciones se centran más en descubrir desde el ámbito de la historia social, los momentos de la vida cotidiana, la historia de los hombres sin nombre, el desarrollo intrínseco de los pueblos. El sustento de cada una de estos relatos se basa tanto en la historia de la vida cotidiana, como en la historia cultural de lo social e inclusive la historia de las mentalidades, que aporta gran riqueza al conocimiento del hombre en estos momentos de reconocimiento e identidad. Con la imagen en los temas también se consagran los discursos hegemónicos, pero hay elementos que se sobreponen a la estructura predominante. El caso es claro cuando encontramos que el fotoperiodismo mexicano sobrevivió al acecho del presidencialismo de Miguel Alemán a través del chayote y el embute, que repartió entre los periodistas y reporteros gráficos, mientras subrepticiamente seguían produciéndose documentos visuales alternos 2. Con ello quiero recordar las imágenes que producían Nacho López para la revista Siempre!3 y Héctor García durante los años cincuenta y sesenta. Es así que esa tradición de innovar la imagen, de trastocarla, de mostrar la altanería y el sarcasmo que se produjo en los años treinta y cuarenta en el país, resurgió de su letargo con el movimiento estudiantil de 1968. Ese fue el momento que destapó no sólo las conciencias sociales sino también aquello que permaneció oculto, latente ante la represión y el disimulo del Estado mexicano. En ese momento empezaron a emerger las imágenes que revelaban y mostraban la verdadera cara represiva de los herederos de la revolución enquistados en el poder y su intento por mantener ocultas las manifestaciones de inconformidad, exaltada pobreza y un gran malestar social. Es así como los temas que han trabajado los fotógrafos gráficos desde entonces, se empatan, creo que tardíamente, con los historiadores. Y me atrevo a asegurar que antes de que se empezara a hacer historia de la vida cotidiana, los fotógrafos acudieron a tomar esos momentos del día a día, con sus personajes sencillos, simplones y del diario andar. Esto lo constatamos en acervos como el Casasola de los años veinte y el de Enrique Díaz de 1920 a 1960, en esos años que contienen imágenes que retratan una época de oro de las revistas ilustradas en todo su esplendor, hasta el deterioro. Se observan desde los políticos audaces, los posrevolucionarios repartiendo vida nacionalista hasta las mujeres que se incrustaron en las faenas diarias de la carpa, del teatro, de las tiendas, en sus trajes multicolores, con sus caritas pintadas como floppers mexicanas y las chicas topless . También están en su diario andar los huérfanos de la guerra, las trasformaciones de la urbe y un sinfín de temas que ahora alimentan los estudios históricos de esta nación. Por otro lado, otra confluencia entre estas especialidades aparece si consideramos ese gusto particular que comparten tanto los historiadores como los fotorreporteros –incluyendo a los literatos—, el hecho de que se dedican a contar historias, cada uno desde su propio referente lingüístico: textual o gráfico. En esos casos, cada uno de estos especialistas procuran mantener un discurso estructurado que implique un destinatario, un lector o un espectador que logre apoderarse de ese material y conservarlo como parte de su bagaje cultural y social, para uso y usufructo general. Comenta Guy Lardreau: “A las gentes, se piense lo que se piense, les siguen gustando las narraciones, los cuentos, las leyendas; en una palabra, que les narren historias”4. En este sentido la fotógrafa Cristina García Rodero plantea en torno a su quehacer en la fotografía: “Es una forma de contar historias, descubrir el mundo, tener un lenguaje propio. Es creación, comunicación y documentación”5. Algunos fotógrafos e historiadores coinciden en esta intención inicial del gusto por contar historias, y si bien los modos de hacerlo parecieran diferentes, pues las formas son disímbolas, también se denota que persiguen el mismo objetivo al comunicar sus hallazgos que provienen de una parte de la realidad que nos circunda y que es producto del pasado.
En este momento de establecer afinidades, estas dos disciplinas : la fotografía y la historia, comparten el manejo del tiempo . En ambos casos se fincan a través de él su trabajo cotidiano, desde el aspecto práctico y el ámbito conceptual. Es importante recordar que el fotógrafo suspende el tiempo de manera analógica o digital para dejar una huella indeleble en una imagen la mayor parte de las veces irrepetible. Es su aliado porque con cortos tiempos de exposición, en centésimos o milésimos de segundo puede aprehender ciertos aspectos de la realidad que ni el ojo es capaz de percibir. Sin embargo, el tiempo también condena al fotógrafo en tanto es un enemigo a vencer, pues en ese mismo lapso la escena puede desvanecerse de la vista de la lente, para ¡siempre! Es ese “momento preciso” que define Henri Cartier-Bresson, el ejemplo claro del síntoma moderno de la fotografía, que gracias a la instantaneidad logra captar los momentos más efímeros y el cual muchas veces escapa de nuestra aletargada mirada. Corresponde a los fotógrafos previsualizar el momento y captarlo con audacia y precisión. Eso hace la diferencia entre unos y otros: entre profesionales y diletantes, entre una excelente imagen y la otra como mero referente. En el caso del historiador, él juega con el tiempo, lo esparce, lo restringe, lo utiliza pero también es su límite; si los vestigios se han perdido en el tiempo y el espacio tendrá que contar sólo con aquellos que estén presentes y le permitan una reconstrucción más fidedigna de ese momento pasado, lejano o cercano, pero que en sustancia es su material más preciado para reconstruir el tema en estudio. Por ello, para ambos personajes el tiempo es un aliado y un verdugo implacable.
De lo veraz y lo verosímil Si bien hemos visto algunos de los puntos comunes entre los profesionales de la cámara y los profesionales de narrar el pasado, en donde ahora los temas confluyen, las formas de narración disímbolas se complementan y el tiempo es su aliado ineludible, pues sin el tiempo ninguna de estas disciplinas existiría. Hay también otro punto de convergencia que permite reconocerlas en sus formas de hacerse y es la imperiosa necesidad de lograr que la historia contada en palabras o en imágenes tenga un sesgo de veracidad, es decir que la verdad se trasmine por algún lado, la “verdad” del autor por supuesto, aunque éste pretenda ser muy imparcial, en su obra aparece un sesgo de lo que él cree o desea creer y hacernos creer. Pero que es la verdad sino un conjunto de hechos, situaciones y versiones encontradas, a veces contradictorias, a veces complementarias 6. La verdad depende de quién la dice y cómo la dice…por ello, es difícil acceder a ella sin contar con varias versiones del hecho, hay un antifaz ante toda faz. Pero el discurso que más suele conmover es aquel que tiene un grado de credibilidad mayor, aquel que aparenta ser el más veraz, el que tiende a mostrarnos los hechos con fotos o con la narración, desde una perspectiva más creíble y autentificable. He ahí que el poder de las fotografías interviene de manera contundente, pues ante su presencia parecería innegable lo que acontece, como si las palabras pudieran mentir más que las imágenes. Por ello, la intención de ambos profesionales es parecer lo más auténticos posible, lo más veraces y en ello estriba su éxito o fracaso. Muchas veces sólo el tiempo hará lo suyo, para desmitificar un acontecimiento o brindar su justificación. Por otro lado, los fotorreporteros trabajan con las fuentes directas que presenta la realidad tangible, tienen una tarea inmediata y pocas veces es posible modificar las fotografías , a reserva de seleccionar determinado ángulo , cierto lente para profundizar la crítica o decidir el encuadre visual 7. Es ahí donde se requiere la precisión de la ética visual, hasta dónde los fotorreporteros pueden acudir a las estrategias de la computadora y sus programas para “remodelar”, “eliminar” o reconstruir sus fuentes, sus referentes visuales. Pero ¿hasta qué punto es factible alterar la realidad en pos de lo que se desea comunicar? M e parece que en el caso de los reporteros gráficos es común el recorte de la imagen o bien el editor en turno hará lo suyo al presentar recortada la escena o acentuar cierto sentido con el pie de foto. Así, dependiendo de la presentación final de la imagen, de dónde se colocó en su edición, de la tipografía elegida, el diseño y su diagramación el mensaje logrará en mayor medida su cometido. Ejemplos de este tipo sobran, los cuales muestran como se trasmuta, altera o corrige una imagen. Lo importante aquí es anotar que las formas que distorsionan la realidad son múltiples y pueden provenir desde el dedo que oprime el obturador hasta aquel que forma la publicación final 8.Es muy importante el respeto a la ética profesional tanto del historiador como del fotógrafo, en su respectivo medio de información, para que logre su cometido de comunicación. La necesidad de que las historias parezcan veraces o por lo menos verosímiles es uno de los mayores retos para los profesionales de la historia o de la cámara. En la labor que realizan ambos profesionales, parece estar presente el deseo intrínseco de transformar, abundar, trasmitir, expresar y poner en entredicho la existencia y la versión oficial del “otro”. Historiador y fotodocumentalista cada uno a su modo, en su tiempo, en el espacio particular que le corresponde, en sus ámbitos; pero un sustento común que los mueve en estos tiempos de multidisciplinas conscientes o inconscientes, propone “su verdad” con la esperanza de que abra espacios de conocimiento a alguien más. Es importante reconocer que también pueden ser claras o encubiertas las intenciones del autor al relatar o fotografiar determinado acontecimiento o anécdota. Este intento de veracidad es uno de los principales móviles de estos creadores de imágenes y de letras. Tanto el historiador como el fotógrafo lanzan sus discursos esperando una respuesta, una comprensión mínima, un intento de lectura de otros, y trabajan para aclarar o problematizar el mundo a su alrededor. Así, gracias a que la permanencia del texto o de la imagen, que va más allá del material que las ve nacer y que las ve reproducirse día a día en la prensa o en las editoriales de cortos o largo tirajes (puede ser en los periódicos, en las revistas, en los libros cuando han sido publicadas). Las imágenes y los textos permanecen a través de los años y documentan momentos determinados, pues son objetos producto de su propia época, he ahí su vigencia y vivacidad. La capacidad documental de ambos discursos se vierte a través de las páginas impresas, del papel fotográfico, de los materiales que dan lugar a la permanencia de lo efímero, con su verdad o su mentira, pero muchos de ellos llegan hasta nuestros días, donde la tarea del investigador es dar cuenta de ellos y enriquecer su lectura. Comenta Vilches: Si una información escrita puede omitir o deformar la verdad de un hecho, la foto aparece como el testimonio fidedigno y transparente del acontecimiento o del gesto de un personajes público…La aparente mecanicidad de la fotografía no hace más que reforzar las posibilidades de ficción, simulacro e ilusión realista. Porque la máquina fotográfica es un objeto privilegiado para producir sentido, para dar significación a las cosas, es también un instrumento semiótico 9. Es decir, aparentemente la fotografía tiene una ventaja sobre el que escribe la historia, porque realmente se le cree, o es más fácil de constatar un hecho, no sólo con el relato o la descripción del suceso. La imagen es contundente y el espectador se estremece como si estuviese en el mismo lugar, con la misma sensación de pertenencia. Sí, es cierto es una época eminentemente visual –tomista diría yo--, es probable que sea por ello que la imagen convence mucho más que las palabras. La facilidad de lectura de las imágenes ha devenido en creerlas todopoderosas e imbatibles. Y aunque cada una tiene un espacio particular y desde el uso de diferentes herramientas han desarrollado su discurso, pero ambas especialidades: la historia y la fotografía comparten el deseo de que se muestre, se refleje, se evidencie o se convenza a otro de lo que el autor está cierto desde su particular perspectiva ideológica, cultural y social. Pues es claro que tanto historiadores como fotógrafos participan de un mundo al que no pueden renunciar al momento de reconstruir una historia o reflejarla en las planas impresas, ahí están patentes sus anhelos, deseos o convicciones, pues no hay que olvidar que esa gran labor contribuye a poner en claro, en imágenes o en texto lo que una parte de la población percibe o no día a día. Dentro de ese mismo marco de verdades y de la manera de abordarlas, nuestra generación ha intentado llegar a ellas de manera desmedida. De acuerdo con Marcela Guijosa quien comenta: “Somos de una generación iconoclasta; queríamos encontrar verdades, luchábamos contra cualquier tipo de mentiras y ocultamientos. Creímos en los principales postulados del psicoanálisis, el socialismo y el feminismo y adoptamos ese nuevo punto de vista, en donde sólo quien dice la verdad y se enfrenta a los hechos reales, aunque duelan, encuentra el único camino para curarse, salvarse: ‘La verdad os hará libres”10. Vernos en las imágenes y escuchar nuestro pasado nos explica qué somos y cómo hemos sido. Tal vez en ello se ha puesto tanto empeño, para no repetir más allá ciertos patrones o reiterar aquellos que nos forjan en unidad e identidad. Tener las imágenes y los textos nos ayudan a desvanecer las incertidumbres y a abrazar las certidumbres. Estoy convencida como Marcela Guijosa que: “En última instancia, lo importante será escribir [o hacer fotos –digo yo--] con honestidad, generosidad y compasión, con verdad. Ten por seguro que si escribes así, los posibles lectores [espectadores], cercanos y lejanos aprenderán, reflexionarán, se conmoverán contigo”. 11. Es aquí el momento de convergencias, de enlazar discursos, hacerlos correr en paralelo. Es momento de utilizar la imagen más allá de ser una mera ilustración, como parte de una misma y compleja realidad, esto es lo que permite abrevar a una reconstrucción histórica y estética más completa de estas formas de concurrencias y diferencias en nuestros modos de ser, de nuestras formas de decir esas verdades sin tapujos, sin mentiras, sin engaños. Procurando encontrar en las líneas de la intertextualidad o la textualidad de cada una de las disciplinas a la letra o en la foto… con la posibilidad de ser veraces y verdaderamente honestos en nuestra obra diaria, en nuestro día a día.
Referencias 1 La escuela francesa ha recuperado desde hace años la historia de la vida cotidiana, lo que permite conocer una parte de esa historia que no fue considerada en su tiempo y forma, pero que ahora es parte sustancial de los estudios de este género en el mundo occidental. Vid. Ariés, Philippe, et al, Historia de la vida privada . Madrid, Taurus, 1989, V vols. 2 El tema se trata ampliamente en Monroy Nasr, Rebeca, Historias para ver. Enrique Díaz fotorreportero , México, Instituto de Investigaciones Estéticas-UNAM, Dirección de Estudios Históricos-Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2003, 335 pp . Vid. también Monroy Nasr, Rebeca, El sabor de la imagen: tres reflexiones, México, UAM-Xochimilco, 2004, 99 pp. 3 Vid. Mraz, John, Nacho López y el fotoperiodismo gráfico , México, CONACULTA, INAH, 4 Lardreau, Guy, “Prefacio” en Georges Duby. Diálogo sobre la historia. Conversaciones con Guy Lardreau , Madrid, Alianza Editorial, 1988, p. 11. 5 Acosta, Anasella “Ser fiel a sí misma”, en Cuartoscuro , núm. 75, dic. 2005-enero 2006, p. 37. 6 No voy a discutir el concepto de “verdad” absoluta, algo que los filósofos griegos gustaron de ejercer con gran talento, sólo discurriré bajo la óptica posmoderna de que no hay una sola verdad, sino que hay tantas como versiones y alternancias puedan haber. 7 Para este artículo sólo se ha tomado en cuenta la fotografía documental y la de prensa con la idea de poder acotar el análisis, dado que los otros géneros fotográficos abarcan otras posturas estéticas y éticas que presentan quienes se han dedicado a la fotografía construida o armada ; también de aquellos que juegan con la foto digital y ,ogran evocar situaciones inexistentes, para ello. Vid., Castellanos, Alejandro, “¿Hacia la posfotografía?”, en Múltiples matices de la imagen : arte, historia y percepción visual, Rebeca Monroy Nasr coord., México, Yehuetaltolli, A.C., 2003, pp. 335-342. (Col. Ahuehuete, no.7). 8 Son pocas las ocasiones en que encontramos testimonios de los fotógrafos respecto a su obra, sus intenciones, sus posibilidades, los intereses que los movían a trabajar de determinada manera. Los diarios de Edward Weston ilustran mucho sobre sus experimentaciones técnico-formales. Nacho López nos legó un material documental muy importante con sus textos publicados en los años ochenta en unomásuno . Pero son excepciones a la regla. 9 Vilches, Lorenzo, Manual de periodismo, Grijalbo, México, 1985, pp. 19 10 Guijosa, Marcela, Escribir nuestra vida , Buenos Aires, Paidós, 1999, pp. 230-232. 11 Idem. |